30 de enero de 2014

Cristo resucitado, esperanza de todos los creyentes

San Braulio de Zaragoza, Carta 19 (PL 80, 665-666) 
Cristo resucitado, esperanza de todos los creyentes 

 Cristo, esperanza de todos los creyentes, llama durmientes, no muertos, a los que salen de este mundo, ya que dice: Lázaro, nuestro amigo, está dormido. Y el apóstol san Pablo quiere que no nos entristezcamos por la suerte de los difuntos, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según se afirma en el Evangelio, no morirán para siempre: por la fe, en efecto, sabemos que ni Cristo murió para siempre ni nosotros tampoco moriremos para siempre. Pues él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá de cielo, y los muertos en Cristo resucitarán. Así, pues, debe sostenemos esta esperanza de la resurrección, pues los que hemos perdido en este mundo los volveremos a encontrar en el otro; es suficiente que creamos en Cristo de verdad, es decir, obedeciendo sus mandatos, ya que es más fácil para él resucitar a los muertos que para nosotros despertar a los que duermen. Mas he aquí que, por una parte, afirmamos esta creencia y, por otra, no sé por qué profundo sentimiento, nos refugiamos en las lágrimas, y el deseo de nuestra sensibilidad hace vacilar la fe de nuestro espíritu. ¡Oh miserable condición humana y vanidad de toda nuestra vida sin Cristo! ¡Oh muerte, que separas a los que estaban unidos y, cruel e insensible, desunes a los que unía la amistad! Tu poder ha sido ya quebrantado. Ya ha sido roto tu cruel yugo por aquel que te amenazaba por boca del profeta Oseas: ¡Oh muerte, yo seré tu muerte! Por esto podemos apostrofarte con las palabras del Apóstol: ¿Dónde está muerte, tu victoria?¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El mismo que te ha vencido a ti nos ha redimido a nosotros, entregando su vida en poder de los impíos para convertir a estos impíos en amigos suyos. 
Son ciertamente muy abundantes y variadas las enseñanzas que podemos tomar de las Escrituras santas para nuestro consuelo. Pero bástanos ahora la esperanza de la resurrección y la contemplación de la gloria de nuestro Redentor, en quien nosotros, por la fe, nos consideramos ya resucitados, pues, como afirma el Apóstol: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. No nos pertenecemos, pues, a nosotros mismos, sino a aquel que nos redimió, de cuya voluntad debe estar siempre pendiente la nuestra, tal como decimos en la oración: Hágase tu voluntad. Por eso, ante la muerte, hemos de decir como

Job: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Repitamos, pues, ahora estas palabras de Job, y así, siendo iguales a él en este mundo, alcanzaremos después, en el otro, un premio semejante al suyo.

29 de enero de 2014

Extractos del libro.- Y DESPUÉS DE LA MUERTE ¿QUÉ?




  La psicología percibe que la fe y la esperanza en muchas personas y culturas. Siempre cabe argüir que ello no es sino una ilusión del ser humano con la que éste consigue arreglárselas con el sufrimiento aquí en la tierra y vivir esperanzado a pesar de todos los fracasos.
Pero también es legítimo confiar en que el saber común del alma humana no nos engaña. Aun cuando no nos sea dado decir nada definitivo sobre la muerte y la vida eterna, el «saber» del alma humana nos remite a la esperanza de que, en la muerte, no nos extinguimos para siempre.
 
LAS PERSPECTIVAS DE LA FILOSOFÍA
 El filósofo griego Platón entiende la muerte como separación del cuerpo y el alma. El alma inmortal, que en el cuerpo ha vivido sólo involuntariamente como en una prisión, devendrá entonces libre y retornará a Dios. La teología cristiana ha asumido de Platón esta idea de que, en la muerte, el alma se separa del cuerpo. Pero no entiende tal separación del mismo modo que Platón.

Para Karl Rahner, la muerte es siempre ambas cosas: destino impuesto desde fuera, ruptura y aniquilación; pero, a la vez, «auto-consumación personal », «un acto que la persona realiza desde su interior» y en el que se da cumplimiento a sí misma (Rahner, «Tod», p. 923). Aquí debemos distinguir entre el proceso de la muerte, que puede ser observado y que a menudo acontece en un coma o de repente en el caso de un accidente, y el instante en el que la persona lleva a cabo su definitivo acto de libertad. Este instante es invisible para nosotros, pero acontece -con independencia de las concretas circunstancias exteriores de la muerte-. El instante en el que, según la concepción tradicional, el alma se separa del cuerpo es el único acto de libertad en el que a la persona le es dado disponer por completo de sí misma. En ese momento puede optar inequívoca y claramente, y con plena libertad, por Dios o en contra de Él, sellando así su destino de manera definitiva.

Ladislaus Boros, un jesuita húngaro, desarrolla por un camino filosófico su «hipótesis de la opción final». En la muerte se consuma la vida de la persona. Y la muerte es el único acto absoluto de libertad en el que el ser humano dispone por entero de sí mismo y, por tanto, puede optar libremente por Dios o en contra de Él.
Lo cual, sin embargo, no significa que nuestra vida en este mundo carezca de importancia, sino que todo depende de la opción final. Esa opción final que tomamos en el momento de la muerte la vamos ejercitando más bien a lo largo de toda la vida. Y no debemos confiarnos en que siempre podremos optar todavía por Dios en el momento de la muerte. La opción final que, con toda libertad, hacemos en el momento de la muerte es ejercitada ya aquí: en los múltiples actos en los que optamos por lo bueno y por Dios. Por eso, siempre hemos de tomar también en consideración la advertencia de Jesús de que ya podría ser demasiado tarde.
Quien vive durante años ignorando su corazón no puede confiar en que luego, en la muerte, optará por Dios de todo corazón.

Joseph Ratzinger interpreta la fe bíblica en la resurrección desde un punto de vista dialogal:
«El hombre, pues, no puede perecer totalmente porque Dios lo conoce y lo ama. Si todo amor anhela eternidad, el amor de Dios no sólo desea eternidad, sino que opera y es eternidad» (Ratzinger, Einführung, p. 292). Para Ratzinger, la resurrección de la carne no significa que vaya a devolverse a las almas sus antiguos cuerpos; se trata más bien de una forma de hablar de la resurrección de la persona: «Lo esencial del ser humano, la persona, permanece; lo que ha madurado en la existencia terrena de la espiritualidad corporal y de la corporalidad espiritualizada perdura de modo distinto» (ibid., p. 295).
Joseph Ratzinger desea vincular la concepción griega y la concepción bíblica. Desde la filosofía griega, cabe afirmar que el ser humano tiene un alma inmortal. Lo cual, visto desde la perspectiva bíblica, quiere decir: «un ser llamado por Dios a un diálogo eterno y, por tanto, capaz por su parte de conocer a Dios y responderle»

Las ideas filosóficas y teológicas de Kart Rahner, Ladislaus Boros y Joseph Ratzinger quieren mostrarnos, por una parte, que, con ayuda del intelecto, podemos reflexionar sobre -y penetrar en- el misterio de la muerte, la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos. Aun cuando ningún viviente haya experimentado la muerte hasta sus últimas consecuencias, sí que podemos, no obstante, afirmar algo sobre el adentramiento de la muerte en nuestras realizaciones existenciales humanas, así como sobre lo que -en cuanto personas que, en virtud de su alma, están predispuestas a un diálogo eterno con Dios- nos aguarda en la muerte.
Pero, a pesar de todo el saber, siempre debemos tener en cuenta, por otra parte, el carácter limitado de nuestras afirmaciones. Y hemos de conceder que sólo en imágenes nos es posible aproximarnos a lo inefable y, en último término, indescriptible.

Continuara.

28 de enero de 2014

Muerte y agonía



  Enfermo: "un ser humano, de carne y hueso, que sufre, ama, piensa y sueña”
                                                                                                         Miguel de Unamuno
¿Qué es?
 La agonía y la muerte son los dos pasos que debemos dar cuando dejamos de vivir. La gente llama a la muerte de muchas maneras, como "fallecer", "pasar a mejor vida", o "irse a un sitio mejor". La muerte ocurre a todas las personas; se presenta en los amigos, los seres queridos y en nosotros mismos. Casi a nadie le gusta pensar en la muerte porque sentimos tristeza al pensar que los seres queridos nos dejan para siempre. Sin embargo, pensar acerca de la muerte antes que se presente, nos da la oportunidad de prepararnos para ella.


Signos y síntomas:
Foto: Reuters
A continuación mencionaremos algunos de los signos y síntomas que usted puede presentar durante el proceso de la muerte. Es posible que usted no los presente en absoluto. En una muerte súbita, como un accidente automovilístico, usted no presentará ninguno de ellos. Usted puede notar muchos de estos signos y síntomas en un largo periodo, si usted tiene cáncer u otra enfermedad terminal. Una enfermedad terminal es aquella que le causará la muerte en un futuro cercano.

·         Se confunde con facilidad. Esta confusión puede ser causada por insuficiencia de   oxígeno. La confusión también es común en otras enfermedades.
·         Sentirse inquieto, como halar la ropa de cama.
·         Manos y pies muy fríos que pueden llegar a volverse azules.
·         Cambios en la audición y en la vista.
·         Puede parecer como si tuviera líquido o flemas en la parte posterior de la garganta y usted ser incapaz de deshacerse de ellas. Al respirar puede producir un sonido como "gorgoteo" o "estertor". Hace mucho tiempo, esto era conocido como el "estertor de la muerte". Usualmente, este gorgoteo no es incómodo para el enfermo, pero algunas veces, es muy incómodo para los seres queridos que lo escuchan.
·         Ausencia de hambre o sed. Usted puede dejar de comer o beber por completo.
·         Respiración anormal. Algunas veces puede parecer que usted aguanta la respiración durante 20 ó 30 segundos o más. Otras veces, usted puede presentar una respiración verdaderamente acelerada como 30 ó 40 veces por minuto o más. Algunas veces puede tener un sonido parecido a un quejido. Pero usualmente, este sonido es producido por el aire al pasar sobre las cuerdas vocales cuando estas se encuentran muy relajadas.
·         Ver o escuchar cosas que los demás no ven ni oyen.
·         Dormir mucho más durante el día y con frecuencia hasta 23 horas en un día. En ocasiones, usted puede tener dificultad para despertarse completamente.
·         Dificultad para hablar o para hacerse entender.
·         Dificultad para controlar sus intestinos y vejiga.

Los signos de la muerte son los mismos para todas las personas.
·         La respiración se detiene.
·         Los intestinos o la vejiga pueden desocuparse cuando su cuerpo se relaja.
·         Los ojos pueden abrirse completamente y mirar fijamente.
·         El corazón deja de latir.
·         La boca puede estar en varias posiciones, desde cerrada a completamente abierta.
Incapacidad para despertarse, ni con sacudidas o gritos.

Origen de la fuente  Buena salud

26 de enero de 2014

San Agustin (354-430) Enjuga tu llanto Y no llores si me amas!


Si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo!
Si pudieras oir el cantico de los angeles Y verme en medio de ellos!
Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes,
Los campos y los nuevos senderos que atravieso!
Si por un instante pudieras contemplar como yo
La belleza ante la cual las bellezas palidecen…

Como!...
Tu me has visto, me has amado
En el pais de las sombras
Y no te resignas a verme y amarme
En el pais de las inmutables realidades?

Creeme!
Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
Como ha roto las que a mi me encadenaban,
Cuando llegue el dia que Dios ha fijado y conoce,
Y tu alma venga a este cielo
En el que te ha precedido la mia…

Ese dia volveras a verme
Sentiras que te sigo amando, que te ame,
Y encontraras mi corazon
Con todas sus ternuras purificadas.
Volveras a verme en transfiguracion,
en extasis, feliz!

Ya no esperando la muerte,
Sino avanzando conmigo,
Que te llevare de la mano
Por los senderos nuevos de Luz... y de Vida...

Enjuga tu llanto
Y no llores si me amas!

San Agustin (354-430)

25 de enero de 2014

Testimonio de Pastoral Sanitaria (extractos de "ESTUVE ENFERMO Y ME VISITASTEIS")

 Fernando Poyatos
"ESTUVE ENFERMO Y ME VISITASTEIS" 
Testimonio de Pastoral Sanitaria 



Podemos además aprender mucho de los visitantes: los que parecen estar sinceramente motivados; aquellos cuya actitud apresurada puede reflejar la superficialidad de sus sentimientos hacia el paciente; los que, al no quitarse el abrigo siquiera, le están diciendo que no quieren quedarse mucho; los que se ponen a mirar las revistas del enfermo o se abstraen en su televisión, o salen y entran de la habitación sin mantener nunca una verdadera interacción; los que fuerzan al enfermo a discutir los asuntos económicos de la familia porque "hay que ver lo que se va a hacer" sobre esto y lo otro; los que carecen de la necesaria compasión y comunican no verbalmente su incomodidad y su incapacidad para enfrentarse con el sufrimiento de los demás; e incluso miembros de la familia cercanos que no parecen tener una relación muy personal con su pariente enfermo.


Hay formas de risa que utilizamos incluso hablando con un enfermo terminal. Hay una risa que 'busca apoyo' y afecto, como la de muchos desvalidos y desamparados, o la 'risa compasiva' que se ofrece a pacientes graves (que sólo podríamos verbalizar con palabras de consuelo y comprensión). Algunas veces nuestro apoyo puede consistir simplemente en reír lo inreíble. Otras, oímos la risa nerviosa del paciente que busca alivio para su ansiedad, suscitada por una amenazante preocupación que se niegan a afrontar y por la necesidad de negarla; o la 'risa agridulce' que refleja sentimientos diversos y que también se muestra en el rostro como fusión de emociones.
Y en cuanto al lloro o llanto, una profesora cristiana de enfermería nos dice:
Aquellos que se encuentran en las profesiones sanitarias, sean psiquiátricas, médicas o pastorales, tiene una oportunidad única de ayudar a la gente a expresar las emociones 'negativas' [...] [el llorar es] una función otorgada por Dios que sirve un propósito útil y que debe ser apoyada terapéuticamente por el orientador cristiano [...] el cuerpo humano puede soportar sólo cantidades limitadas de estrés. Dios en su providencia ha proporcionado diversos escapes para la tensión, uno de los cuales es el llorar.
Más tarde cita a Stott, que dice:
"La moderna ausencia de lágrimas es una mala interpretación del plan de salvación de Dios, una falsa presunción de que su obra salvadora ha terminado [...] que no hay ya necesidad de más enfermedad, sufrimiento o pecado, que son las causas de las penas."
Y llega a la conclusión de que los que reprimen sus lágrimas;
" Promueven deshonestidad emocional y el que se lleven máscaras dentro del pueblo de Dios [•••] cuando impiden el apoyo de 'llevar las cargas unos de otros' (Ga 6,2)."
Debemos darnos cuenta de que un silencio significativo durante nuestra visita no es un vacío o laguna, sino algo que es una parte importante de cualquier interacción, una elocuente declaración sin palabras de nuestro interés y amor por el enfermo cuando se ha alcanzado la verdadera comunicación y las palabras se hacen innecesarias. El influyente psiquiatra suizo cristiano Paul Tournier nos ofrece un emotivo ejemplo del uso terapéutico del silencio - y también del tiempo, mencionado más abajo- en uno de sus inspiradores libros, donde nos habla de una médica a quien habían llamado para ver a un enfermo muy grave:
Ella se daba cuenta de que él no quería de ella un aluvión de palabras, ni exhortación, ni siquiera compasión; quería una compañía real y ardiente. Pasó con ella una hora entera en completo silencio, y esa hora fue para ella una de las más bellas de su vida.
El libro del Eclesiastés nos asegura que hay;
 «tiempo de callar y tiempo de hablar» (3,7), 
y esto es exactamente lo que ocurrirá si actuamos con el discernimiento que nos dará el Espíritu si verdaderamente deseamos ser guiados por él y le dejamos hacerlo.
«La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios» (CCE 1501).
Frecuentemente, el perder una fe débil es consecuencia directa de culpar a Dios por la enfermedad y el sufrimiento que tenemos. Personalmente, me es muy difícil hablar a la persona amargada. Sí, puedo decir lo que quiera decir, pero a veces me oigo mis propias palabras «como bronce que suenao címbalo que retiñe» (ICo 13,1).
Aunque recuerde que la cruz de Cristo es la respuesta al misterio del sufrimiento y que hay beneficios en compartirla con él por medio de nuestro propio sufrimiento, a menudo mis propias limitaciones me impiden saber cómo hablar a una persona que está con dolor, deprimida o enfadada, las palabras de san Pablo: 
«completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24)
 Decir a destiempo que;
 «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28), 
suena más bien a acusación, como si dijera "Esta promesa no es para ti."
Muchas otras veces, sin embargo, veo cómo esas mismas palabras tocan el corazón de la persona como un bálsamo de esperanza. Este pensamiento me da a veces la fuerza para compartir lo que hay en mi corazón en lugar de simplemente escuchar las quejas de la persona, y recuerdo que fue precisamente por su propio sufrimiento como Job pudo descubrir la majestad de Dios y terminar confesando: 
«Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos» (Jb 42,5-6).

24 de enero de 2014

Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera.


Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera.
Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados.
Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales (a veces los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición)

La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso y ellos estaban sudados y sedientos.
En una curva del camino vieron un magnifico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él, el siguiente diálogo:
- Buenos días.
- Buenos días. Respondió el guardián.
- ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?
- Esto es el Cielo.
- ¡Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos!
- Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera. Y el guardián señaló la fuente.
- Pero mi caballo y mi perro también tienen sed...
- Lo siento mucho, Dijo el guardián pero aquí no se permite la entrada a los animales.
El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero no pensaba beber solo. Dio las gracias al guardián y siguió adelante.
Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puerta vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles. A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero.
Posiblemente dormía.
- Buenos días, dijo el caminante.
El hombre respondió con un gesto de la cabeza.
- Tenemos mucha sed, mi caballo, mi perro y yo.
Hay una fuente entre aquellas rocas, dijo el hombre, indicando el lugar.
Podéis beber toda el agua como queráis.
El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed.
El caminante volvió atrás para dar las gracias al hombre.
Podéis volver siempre que queráis, Le respondió éste.
A propósito ¿Cómo se llama este lugar?, preguntó el hombre.
CIELO LE RESPONDIO.
¿El Cielo? ¡Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!
Aquello no era el Cielo. Era el Infierno, contestó el guardián.
El caminante quedó perplejo.
¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta información falsa trae grandes confusiones! advirtió el hombre.
¡De ninguna manera!, increpó el hombre, En realidad, nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos...

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